viernes, 5 de julio de 2019

Tu perro te arrancará más lágrimas que nadie!



Mi blog de Teo, historias perrunas, parece muerto: los mil y un cuentos que se me ocurren para dejarlos aquí escritos se quedan en anotaciones, o proyectos que van languideciendo hasta el olvido. Debería ser más disciplinado, pero siento que soy como Teo: cuando me suelto o me sueltan, corro hasta la extenuación, y luego me tumbo en el sofá tranquilo derrochando frases escritas que se pierden por aquí y por allá.
Hace ya tiempo, en los cientos de caminos que descubrimos con Teo en la Collserola, vimos unas lápidas de perros, las que se ven en la foto. Puedo imaginar el acontecimiento, primero el enterramiento a escondidas de la mascota, y posteriormente la colocación de la lápida, puede que con toda la familia. Son escenas, que si hoy pretendes repetir, las tendrás que hacer con nocturnidad y arriesgándote a una buena multa, e incluso quizás ser pasto de la prensa.
Lo que si es verdad es que la muerte de nuestro perro es más dura de lo que podríamos haber imaginado.
Hoy mismo mi mujer me hablaba de una amiga cuyo marido murió hace tres años. Ayer había muerto el perro que había compartido en vida con su marido. Su perro no había superado una operación de un tumor: Estaba desecha.
Hace unos meses hablábamos en una comida de trabajo de perros. Uno de los comensales comentaba lo que había llorado con la muerte del perro que les había acompañado en su vida familiar desde que sus hijos eran pequeños. Un pastor alemán. Era ya muy viejo y estaba muy enfermo y tuvo que llevarlo a sacrificar. El veterinario le dijo que mejor que se quedara con él, mientras le ponía una inyección letal, para que estuviera más tranquilo: Dijó que nunca había llorado tanto, tras ver como su mascota allí al lado de él, se iba yendo calmada con sus caricias. No ha querido tener otro y eso que tiene un buen jardín para tenerlo suelto.
Algo similar me contaba una madre del cole que había comprado un perro de tamaño pequeño, porque su hija estaba empeñada en ello. Vivió dos años y parte de ellos fueron duros. Tampoco quiso repetir, pese a que le encantan.
No dejo tampoco de recordar a mi padre cuando cuenta como murió nuestro perro llamado Brisa. Un foxterrier, que mis hijos conocieron de pequeños y al que yo paseaba por el castro cuando iba a Vigo. Era ya viejecito, apenas veía. Saliendo del garaje con el coche marcha atrás, lo atropelló. Mi padre cuenta que lloró, con el perro ensangrentado entre sus brazos, como nunca lo había hecho, y quizás no hará. Tampoco quiso otro perro, su tumba está en el jardín de la casa por donde corría en verano, apenas a 20 metros de donde murió.
Uno de los aprendizajes que nos ofrecen en su vida los perros, es a vivir la muerte. 
La muerte de las personas la compartimos con familia y amigos en un proceso donde compartes el dolor. Cuando muere tu perro, no lo puedes compartir, se te va un trozo de tu día a día, desaparecen tus conversaciones con él, ¿A quien darás ahora acaricias? ¿Quien saltará de alegría cuando abras la puerta de casa? ¿Y en que ojos podrás ver reflejada tu alma?

No hay comentarios:

Publicar un comentario