sábado, 27 de julio de 2019

Salida matinal, vuelta a la manzana.



Sábado mañana, leyendo en la cama, hasta que Teo patea insistentemente la puerta de la habitación demandando comida y salida para un pipí.
Zapatillas, pantalón corto,  camiseta, correa, dos bolsas de plástico, la cantimplora de agua y dos euros para comprar el pan.
Día gris y nublado que hacen soportable el paseo.
Nada más salir, un largo pis de Teo me hace acercarme un par de veces a la fuente que hay al lado de casa para diluir con agua el regato de orina que Teo deja en la calle. Sigo por el carrer la Gleva. De una de las ventanas sale una melodía de piano. La biznieta de Enrique Granados está ensayando una preciosa obra. Me quedo un rato debajo de la ventana a escuchar. Sigo mi camino hacia el Pasatge Sant Felip, uno de los más bonitos de Barcelona. No hay nadie, suelto a Teo que se apresura a buscar dos gatos que rondan en un par de casas, y se asoma a los muros buscando entre las ramas de los árboles algún pájaro. Se acercan desde el otro extremo una pareja de señoras mayores. Una de ellas tiene alztheimer, la otra es su cuidadora, sonríe y halaga a Teo. Me dice que su hermano tiene en la hacienda de Perú un par de perro grandes. Enjuta, morena y de rasgos indígenas, sonríe y no deja de avanzar pasito a pasito agarrando con cariño a la señora a la que cuida, la cual observa la escena con mirada perdida.
Me despido y voy hacia la calle peatonal de Sant Guillen. Está llena de bajos cerrados. Dos de ellos los han ocupado una familia numéricamente interminable de Rumanos, la calle parece un tendedero de ropa. No es raro ver a más de 10 niños jugando a la pelota. Un poco más arriba en la entrada del supermercado Consum, dejo atado a Teo mientras saludo a Josep un indigente Húngaro que hace jornada intensiva, día sí, día también, sentado en la acera opuesta a la puerta del supermercado. En su gorra solo veo monedas de céntimos.  Compro pan mientras escucho los ladridos de Teo que no soporta  que lo dejen solo.
Vuelvo a casa, escuchando a una pareja de chicas que pasan al lado mía hablando inglés.
Desayunamos, y poco después escucho en la radio que la palabra Perú viene del nombre de un índio peruano llamado Bidú, que significa río.
Al rato cae un aguacero tremendo y pienso en la ropa de los rumanos en lugar de poner la nuestra a salvo de la lluvia.
Busco en internet a que hora es el espectáculo del teatro la Gleva, donde Bárbara Granados dirige un pequeño musical "No cal anar a la Havana".
Dejo un Euro en el bolsillo para dárselo a Josep. Se que con la cerveza que se compre brindará por mí.
Acabo de escribir una entrada en Facebook sobre el escritor Ingles Josehp Conrad.
Dicen que los dueños acaban pareciéndose a sus perros, pero quizás los paseos con ellos acaban conformando parte de nuestras vidas.

martes, 16 de julio de 2019

μετάνοια


Lunes, 19:30 de la tarde, hacia tiempo que no iba al parque Monteroles, pero Teo necesitaba urgente una salida. Un poco a regañadientes, cogí la correa, la cantimplora con agua para los pipis, y tres bolsas de plástico para las cacas.
En cinco minutos estaba ya dando vueltas por el parque. Tras un par de vueltas, Veo que Teo sale lanzado por el camino circular del parque, y lo pierdo de vista. Cuando lo alcancé en la siguiente plaza donde hay una canasta de tenis, Teo estaba jugando con un perro enano, delgado pero proporcionado, de movimientos repentinos e impulsivos, muy vital, y de piel lisa color gris.. Al lado estaba una chica joven, de aspecto jovial, vestida de blanco. Me pregunta:
 - ¿Es Teo, no?
 - Sí, le digo
 - Soy amiga de tu hijo.
 - Ah, ya me parecía que Teo debía conocer a tu perro, por la velocidad que salió para ir a buscarlo.
Estuvimos hablando un buen rato. Precisamente mi hijo acababa de estar en su 18 cumpleaños el sábado anterior, y por lo que me contó tuvo suerte de que no la vomitara encima.
Estuve hablando un buen rato. Su perra Clara, era un galgo enano, pero por lo visto, Clara era más enano de lo normal. La verdad es que era una perra graciosa que no dejaba de intentar jugar con Teo, que solo se dejaba a ratos.
En 20 minutos se unieron al grupo un chico y una chica, ambos entre 20 y 30 años. Y sin darnos cuenta estábamos enzarzados en una conversación cruzada. El chico tenía una perra Bretona, raza con cierto parecido a Teo, pero más pequeño, no recuerdo su nombre. La chica tenía otra perra de acogida mezcla de galgo y Border Coli. Lo había visto por internet, se enamoró de él, haciéndolo traer desde Córdoba.
La chica era habladora y si tienes un perro tienes un tema inacabable.
Su perra se llamaba Indiana. Algo dije yo sobre el rabo de los perros y ella, italiana con un castellano perfecto con cierto acento, comentó que había leído que la mirada de los perros había evolucionado de tal manera que trasmitían una cierta tristeza para conquistar el cuidado de los humanos. Yo comenté que acababa de ver un programa sobre los gatos en Estambul, y el documental empezaba diciendo:
"Dicen que los gatos saben que Dios existe, pero los perros no. Dicen que los perros piensan que los humanos son como Dioses, pero los gatos no, y además saben que los humamos no somos superiores".
Al cabo de un buen rato, le pregunté:
 - Que quiere decir esa palabra que llevas tatuada en el brazo, ¿parece griega?
 - Sí, me llegó a través de un libro que leí. Significa arrepentimiento, pero no en el sentido de simple excusa o liberación de la culpa, sino en un ámbito más profundo de cambio visceral en la forma de vivir. Una vuelta del camino, un regreso, cuando te das cuenta que el camino emprendido no te lleva a ninguna parte. Una acción que requiere tiempo, esfuerzo y ejercicio y que se hace con paciencia en el día a día. Metanoeo es como un cambio de mente, de conducta, de perspectiva de actitud.

Me quedé un poco perplejo, acababa de conocerla y estaba en cierto modo mostrándome parte de su alma.
No necesité preguntarle. Me explicó que había estado 5 años en Londres, que esa experiencia a nivel laboral le había dado mucho, pero que a nivel humano lo había vivido como un retroceso. De ahí el tatuaje y su cambio a Barcelona que había vivido como muy buena, aunque  y en dos semanas emprendía un traslado a Roma para un nuevo proyecto. Estaba contenta porque había encontrado un apartamento con una pequeña terraza, buscando sobre todo un lugar donde Indiana, se sintiera bien y estuviera cerca de su nuevo trabajo. Si los precios en Barcelona son altos, Roma los supera.
Me quedé ahí, hablamos de otras cosas y al rato me tuve que ir.
Me quedé con una pieza del puzzle e imaginaba el resto de la imagen donde esa pieza debía encajar en un ejercicio de imaginación que siempre me ha parecido mágico y excitante.
Le pedí si podía hacerle una foto a su tatuaje y me despedí:

 - Adios Indiana!

Sin decírselo le deseé una feliz etapa en Roma y me llevé conmigo esa palabra que pocos nos atrevemos a pronunciar ante situaciones o etapas erróneas en nuestra vida. Metanoeo!

sábado, 6 de julio de 2019

El verano se viste de amarillo




Los paseos con Teo por la Collserola, me hacen ver a la montaña como una mujer que se va cambiando de vestido, según la estación y el año.
Ya mediada la primavera estuve esperando a que Collserola, vistiera en su parte baja cercana a la ciudad, por debajo de la carretera de las aguas, de margaritas blancas y sobre todo amarillas que lo suelen inundar todo. Son flores altas y orgullosas de un amarillo intenso. Acompañan a los almendros, que asilvestrados desde hace años, solo cosechan frutos amargos.
Ha llegado el verano y esas esperadas margaritas no han llegado a florecer. No he encontrado la razón.
Curiosamente su ausencia se ha visto compensada por un florecimiento, este año espectacular, de una de las plantas más emblemáticas del mediterráneo. Serrat la nombraba en su famosa canción "Mediterráneo":
La Ginesta, Genista, Retama...
Esta planta es un arbusto de 1 a 3 m. de alto. La Collserola está lleno de él. Y sus flores de amarillo intenso, en forma de mariposas muy olorosas, dan una nota de color a la montaña desde mediados de la primavera hasta bien entrado el verano.
Spartim Junceum (Esparto y junco) es su nombre científico ligado a su uso para ataduras y su forma de junco.
Esta planta nunca me ha llamado especialmente la atención; lo habitual se hace invisible, pero la desaparición de mis queridas margaritas me ha hecho poner interés en él.

Su flor acaba formando una vaina de la longitud de un dedo: es una leguminosa, con lo que tiene la capacidad de fijar el nitrógeno del aire en la tierra a través de sus raíces. En cierta manera es una abonadora del campo, siendo además una planta muy dura que resiste muy bien la sequía.
La planta no tiene casi hojas, sus ramas verdes hacen las veces de hojas, y en los pueblos solían cortar varias ramas, unirlas y hacer con ellas escobas. Por eso uno de los nombres que se le da a esta planta es: escoba rubia.
No acaban aquí sus usos. Los tallos son fuertes, delgados y flexibles, y con ellos se solían atar las vides cuando crecían.
También el compuesto que le da el color amarillo a sus hojas está en toda la planta y por ello se solía usar para hacer con ella el tinte de este color, sacar fibras para hacer tejidos e incluso obtener un aceite esencial de la planta.
Finalmente la Ginesta contiene varios alcaloides de efecto diurético, Su infusión ayudaba a las parturientas, en Turquía se utilizaba para las úlceras de estómago, y en otras zonas del mediterráneo como antídoto contra el veneno de las víboras.
Simbólicamente la Ginesta es la flor de Catalunya, está ligada al levantamiento dels segadors contra la monarquía española en el "Corpus de Sang" en el año 1640.
También es usada como flor que atrae la buena suerte.

En mis paseos con Teo, ya no veo esta planta como un matorral de flor amarilla. Es el amarillo más humanizado de la Collserola:

La Ginesta altre vegada, la ginesta amb tanta olor, És la meva enamorada, que ve al temps de la calor.... (Joan Maragall)

viernes, 5 de julio de 2019

Tu perro te arrancará más lágrimas que nadie!



Mi blog de Teo, historias perrunas, parece muerto: los mil y un cuentos que se me ocurren para dejarlos aquí escritos se quedan en anotaciones, o proyectos que van languideciendo hasta el olvido. Debería ser más disciplinado, pero siento que soy como Teo: cuando me suelto o me sueltan, corro hasta la extenuación, y luego me tumbo en el sofá tranquilo derrochando frases escritas que se pierden por aquí y por allá.
Hace ya tiempo, en los cientos de caminos que descubrimos con Teo en la Collserola, vimos unas lápidas de perros, las que se ven en la foto. Puedo imaginar el acontecimiento, primero el enterramiento a escondidas de la mascota, y posteriormente la colocación de la lápida, puede que con toda la familia. Son escenas, que si hoy pretendes repetir, las tendrás que hacer con nocturnidad y arriesgándote a una buena multa, e incluso quizás ser pasto de la prensa.
Lo que si es verdad es que la muerte de nuestro perro es más dura de lo que podríamos haber imaginado.
Hoy mismo mi mujer me hablaba de una amiga cuyo marido murió hace tres años. Ayer había muerto el perro que había compartido en vida con su marido. Su perro no había superado una operación de un tumor: Estaba desecha.
Hace unos meses hablábamos en una comida de trabajo de perros. Uno de los comensales comentaba lo que había llorado con la muerte del perro que les había acompañado en su vida familiar desde que sus hijos eran pequeños. Un pastor alemán. Era ya muy viejo y estaba muy enfermo y tuvo que llevarlo a sacrificar. El veterinario le dijo que mejor que se quedara con él, mientras le ponía una inyección letal, para que estuviera más tranquilo: Dijó que nunca había llorado tanto, tras ver como su mascota allí al lado de él, se iba yendo calmada con sus caricias. No ha querido tener otro y eso que tiene un buen jardín para tenerlo suelto.
Algo similar me contaba una madre del cole que había comprado un perro de tamaño pequeño, porque su hija estaba empeñada en ello. Vivió dos años y parte de ellos fueron duros. Tampoco quiso repetir, pese a que le encantan.
No dejo tampoco de recordar a mi padre cuando cuenta como murió nuestro perro llamado Brisa. Un foxterrier, que mis hijos conocieron de pequeños y al que yo paseaba por el castro cuando iba a Vigo. Era ya viejecito, apenas veía. Saliendo del garaje con el coche marcha atrás, lo atropelló. Mi padre cuenta que lloró, con el perro ensangrentado entre sus brazos, como nunca lo había hecho, y quizás no hará. Tampoco quiso otro perro, su tumba está en el jardín de la casa por donde corría en verano, apenas a 20 metros de donde murió.
Uno de los aprendizajes que nos ofrecen en su vida los perros, es a vivir la muerte. 
La muerte de las personas la compartimos con familia y amigos en un proceso donde compartes el dolor. Cuando muere tu perro, no lo puedes compartir, se te va un trozo de tu día a día, desaparecen tus conversaciones con él, ¿A quien darás ahora acaricias? ¿Quien saltará de alegría cuando abras la puerta de casa? ¿Y en que ojos podrás ver reflejada tu alma?