martes, 10 de enero de 2017
Miedo a los perros
Un inicio de año tranquilo me permite escaparme por las mañanas a pasear con Teo. Llevo a mi hija al cole en coche y cargo a Teo. Nada más salir me encuentro a una familia también del cole, que iba a coger el metro. Les digo que los llevo. La madre, matemática con dos hijas. La mayor está en la clase con mi hija. La madre da clases en secundaria y hablamos de matemáticas. Le cuento la conjetura de Goldbach que descubrí hacia pocos días leyendo un precioso cuento. La conjetura dice: "Cualquier numero par mayor que dos puede obtenerse sumando dos números primos". Hasta donde llegan los ordenadores es cierta, pero no existe una demostración que convierta la conjetura en teorema. Excuso mi petulancia con la belleza de la conjetura.
Dejo a los pasajeros en la escuela, aparco y abro la puerta trasera donde está Teo, que libre de ataduras corre hacia el parque de Can Sentmenat; Nosotros lo llamamos EINA, porque la antigua casa señorial a la que pertenece el parque es la sede de esta escuela de diseño.
Por encima de la escuela hay un gran bosque mediterráneo de pendiente increscente que llega, tras una ultima rampa matadora, a la carretera de les aigues.
Mientras subía este tramo, me encuentro con una conocida a la que siempre saludo porque la veo desde hace años venir a andar a la montaña con una o dos amigas madres del cole. Va con dos labradores negros "regordetes" casi iguales, que según me contó compartían madre. Ambas eran perras, la suya la lleva con correa, y la otra va suelta. Nos unimos en la subida y empezamos a hablar. Me comenta que es gracioso que su perra se llame "Tea", similar a Teo, y explica que ha de llevarla atada porque si no se escapa y no vuelve. La otra, también perra, es de su madre, se la había regalado para que se sintiese acompañada, pero me explicó que hacía seis meses se la devolvió; le pesaba más la responsabilidad que la compañía.
Hablando de comportamientos le comento que los perros y los humanos no somos tan distintos, y que solo la educación y la cultura esconden nuestras coincidencias. Me habla de Shopenhauer. Le pregunto si es folósofa, me dice que no, que simplemente estaba leyendo un libro de él.
La conversaciones saltan de los perros a la vida y de la vida a los perros.
Me explica entonces que ella tenía miedo, no miedo... terror a los perros. Y me empieza a contar entre respiraciones entrecortadas una de esas historias que serías incapaz de inventar. Ya habíamos dejado la plana carretera de les aigues y a paso lento subíamos por un sendero empinado que llega al altar de Santa Maria de Collserola.
"Hace años prometí a mi hijo que si se iba a Inglaterra a estudiar le compraría un perro, pues llevaba muchos años pidiéndomelo, y a un año vista creía poder superar ese miedo que tenía. Cuando mi hijo volvió mi terror se hizo aun mayor solo de pensar que tendría ya un perro en casa, y le hice toda suerte de cambios a su pesar y con regañadientes para evitar tener un perro en casa.
Al cabo de un año visité a una amiga cuyo hijo tenía leucemia, y que acababa de comprar un perro porque era la ilusión de su hijo. Aquello (me siguió contando la dueña de Tea) me produjo un shock. ¿Tengo que esperar a que mi hijo tenga una enfermedad como ésta, para que yo haga el esfuerzo de comprarle un perro?. Y así fue como Tea llego a casa.
Los principios fueron tremendos. Simplemente no me podía acercar. La idea de encontrármelo en casa me daba pánico. No imaginaba tocarla o que me tocara. Y era incapaz de darle la comida, hasta tal punto que iba a buscar a mi hijo a la escuela para que él, le diese de comer. Era incapaz de pasear a Tea... simplemente no podía. No era miedo.. era terror.
Tras algunos años sobrellevando o mal llevando este miedo ya estaba dispuesta a sacarme a Tea de encima. Pero me dije... no puede ser, lo tengo que superar. ¿No me preguntes cómo? pero poco a poco pude ir aislando ese miedo, hasta hoy.
Llegábamos a la construcción de ladrillos y cerámica en forma muro-altar con la inscripción de "Santa Maria de Collserolla". Allí observamos a un señor, ya mayor, que cavaba con un azadón una zanja. Me quedé hablando con él mientras la dueña de Tea iba hacia una plazoleta en la que había quedado con una amiga, también con perro.
¿Que hace por aquí? le pregunto. Vengo desde hace años. Estoy cuidando unos arboles que he plantado. Me enseñó tres pequeñas encinas de apenas tres palmos que el había sacado de unas bellotas. También había plantado un alcornoque. El mismo se daba cuenta de lo difícil que era sacarlos adelante. Muchas veces me los pisan sin querer. Seguía preparando una pequeña zanja que en caso de lluvia llevara agua a sus arbolitos. Me dijo que venía de Hospitalet y que subía un par de veces a la semana. Me habló de su pueblo: Pedroche en la provincia de Cordoba. Me despedí de él sin haberle preguntado su nombre. Rematé el camino a paso rápido bajando por otro sendero y de nuevo al coche. Poco más de una hora. El cielo gris tenue con una pequeña ventana anaranjada entre nubes al sur sobre el mar. De camino de vuelta observo la torre de Collserola y la basílica del Tibidabo (foto): Una el templo de la comunicación hacia afuera, otra el templo de la comunicación hacia adentro.
Da gusto pasear con Teo.
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